¿Por qué la valorización energética lleva 20 años estancada en España?

¿Y si dejara de verse como una industria molesta para convertirse en un espacio social, cultural y turístico?

¿Qué ocurre con la valorización energética en España?

Noticia sobre valorizacion energética

La valorización energética sigue encontrando en España una fuerte resistencia social. Durante décadas, este tipo de instalaciones ha quedado asociado a una imagen industrial contaminante, vinculada a efectos muy negativos y a emisiones perjudiciales e importante deterioro para el medio ambiente y a la calidad de vida de la ciudad donde se ubica la planta y sus alrededores.

Sin embargo, mientras en España el debate continúa bloqueado, numerosos países europeos y asiáticos han conseguido integrar estas plantas en la vida urbana como equipamientos públicos, arquitectónicos y culturales. En muchos casos, se han convertido incluso en símbolos de sostenibilidad y atractivos turísticos.

El sector lleva años realizando un importante esfuerzo divulgativo: campañas de información, pedagogía técnica y mensajes centrados en economía circular, reducción de vertederos o cumplimiento de objetivos europeos. El argumentario se suele contener mensajes como:

  • “No son incineradoras viejas son instalaciones actuales que recuperan energía”
  • “Evitan vertederos mucho más contaminantes”.
  • “La tecnología es segura y contrastada”.
  • “Son como cualquier otro tipo de planta industrial y puede instalarse en cualquier polígono o zona industrial”
  • “Cumplen la normativa sobre emisiones”.
  • “Son fuentes de energías alternativas a los combustibles fósiles”.
  • “Producen energía eléctrica y térmica que revierte a hogares, edificios e instalaciones públicas”.
  • “Reducen emisiones de CO₂ y CH4”.
  • “Son necesarias para cumplir los objetivos europeos sobre residuos y evitar contaminación sanciones”.

…son ciertos, pero, aun así, no han sido suficientes para cambiar la percepción pública ni para desbloquear nuevos proyectos. Hace falta algo más

El resultado es evidente: desde 2006, cuando se inauguró la ampliación de la planta de Cantabria, y salvo la planta de Zubieta en 2020, el desarrollo de nuevas instalaciones prácticamente se ha detenido en España.

Evolución de la valorización energética en España

Actualmente existen 11 plantas de valorización energética en funcionamiento:

  1. 1975 — TERSA (Sant Adrià de Besòs, Cataluña)
  2. 1984 — TRARGISA (Girona, Cataluña)
  3. 1991 — SIRUSA (Tarragona, Cataluña)
  4. 1994 — TRM (Mataró, Cataluña)
  5. 1996 — REMESA (Melilla)
  6. 1997 — TIRME (Mallorca, Islas Baleares)
  7. 1997 — TIRMADRID (Valdemingómez, Madrid)
  8. 2002 — SOGAMA (Cerceda, Galicia)
  9. 2005 — ZABALGARBI (Bizkaia, País Vasco)
  10. 2006 — TIRCANTABRIA (Meruelo, Cantabria)
  11. 2020 — Planta de Valorización Energética de Zubieta (Gipuzkoa, País Vasco)

La comparación con Europa refleja claramente el retraso español:

  • Francia: 116 plantas
  • Alemania: 9
  • Reino Unido: 60
  • Suecia: 37
  • Italia: 36
  • España: 11
Mientras la media de valorización energética en la Unión Europea ronda el 26 %, España apenas alcanza el 11 %.

Las diferencias entre comunidades autónomas también son muy significativas:

  • Baleares: 54,5 %
  • Galicia: 48,2 %
  • Cantabria: 41 %
  • País Vasco: 37,3 %
  • Cataluña: 15,8 %
  • Madrid: 10,5 %
  • Melilla: 95 %

El resto de las comunidades ni siquiera dispone de instalaciones de valorización energética.
Y en cuanto a la ratio de kg de residuos municipales per cápita estamos igual o peor que en 2007 como podemos observar en este gráfico:

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Un problema importante: percepción pública y comunicación

El estancamiento de la valorización energética en España no responde únicamente a cuestiones tecnológicas, económicas o regulatorias. El principal bloqueo es social y comunicativo.

Los proyectos siguen planteándose desde un enfoque excesivamente técnico: ingenieros, economistas y abogados son los agentes que interviene mayoritariamente. Pero quizá ha llegado el momento de incorporar otros perfiles capaces de conectar emocionalmente con la sociedad:

  • Arquitectos urbanistas
  • Diseñadores artistas
  • Creativos expertos en comunicación
  • Médicos, biólogos y ambientólogos

Y por supuesto contar con representes de la sociedad civil desde un primer momento

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No se trata de llenar un “autobús del proyecto” durante todo el trayecto de perfiles profesionales, ni de aumentar costes superfluos de proyectos sino de integrar muchas más ideas, visiones e inquietudes que generen “inputs” positivos y sumar alianzas de inicio de proyecto, que hagan más digerible a la sociedad civil los proyectos

Y, además, más que conveniente es necesario, dar entrada a lideres sociales y de opinión para darles opción a que participen en el diseño y objetivos que se proyectan como positivos para el entorno natural, social y económico con acceso a información,

Porque el problema no es solo qué se construye, sino cómo se percibe.

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El rechazo social a este tipo de infraestructuras está muy relacionado con el fenómeno NIMBY (“Not In My Back Yard”) “No en mi patio trasero” heredado en Europa de los Estados Unidos

La ciudadanía puede aceptar la necesidad de determinadas instalaciones, pero rechaza que se ubiquen cerca de su entorno inmediato por miedo a impactos sobre:

  • la salud
  • el paisaje
  • el medio ambiente
  • impacto negativo sobre la economía local y turismo
  • el valor del territorio
  • o la calidad de vida entre otros

Este fenómeno afecta especialmente a proyectos relacionados con residuos, energía, transporte y especialmente proyectos de valorización energética y también de biogás y de biometano.

Además, cuando no se gestiona la comunicación correctamente desde el inicio, el rechazo genera dos efectos muy peligrosos:

  • Efecto “bola de nieve”: el rechazo social crece y se expande rápidamente por la sociedad, plataformas, asociaciones, colectivos, etc. se van sumando al rechazo.
  • Efecto “arrastre”: la oposición y rechazo ciudadana a los proyectos alcanza a administraciones públicas, responsables políticos, inversores y entidades financieras.

Y cuando eso ocurre, proyectos que técnica, ambiental y económicamente son impecables terminan paralizados.

Hace falta una nueva narrativa

La solución no pasa únicamente por mejorar la tecnología o insistir en los mismos argumentos técnicos.

Hace falta una narrativa distinta.

Otros países han entendido que una planta de valorización energética puede ser mucho más que una infraestructura industrial. Puede convertirse en:

  • un icono arquitectónico
  • un espacio público
  • un centro educativo
  • un atractivo turístico
  • o incluso un lugar de ocio

En definitiva: pasar de la imagen de “incineradora” a la de “centro de energía, sostenibilidad, ecología, sociedad y punto de referencia de la ciudad.

Otros países ya lo han conseguido

Copen Hill — Copenhague (Dinamarca)

Diseñada por el estudio BIG (Bjarke Ingels Group), esta planta transforma residuos no reciclables en calor y electricidad para 150.000 hogares.

Pero su gran revolución fue otra: convertir la cubierta de la instalación en un espacio de ocio urbano.

Incluye:

  • una pista de esquí artificial de 9.000 m²
  • el rocódromo más alto del mundo
  • senderos y zonas verdes
  • un ascensor panorámico que permite observar el proceso industrial,
  • y actividades turísticas abiertas al público.

La instalación recibe visitantes durante todo el año y muchas de sus actividades son incluso de pago debido a la alta demanda que te obliga a reservar on line las actividades accediendo a su web.

Spittelau — Viena (Austria)

Diseñada por el artista y arquitecto Friedensreich Hundertwasser, esta planta convirtió una infraestructura industrial en uno de los iconos visuales de Viena.

Su arquitectura colorista y artística rompió completamente con la estética gris tradicional de este tipo de instalaciones.

Hoy es uno de los ejemplos más reconocidos de integración entre sostenibilidad, arte y ciudad.

Maishima — Osaka (Japón)

Inspirada en la planta de Viena y diseñada también por Hundertwasser, la planta de Maishima demuestra cómo una instalación industrial puede integrarse en el paisaje urbano mediante arquitectura y diseño.

El proyecto transmite una idea muy clara: la arquitectura industrial no tiene por qué limitarse a ser funcional; también puede aportar identidad y valor cultural al espacio público.

Las plantas de valorización energética: de Copenhague, Spittelaiu y Osaka son atracciones sociales y visitas recomendadas por la plataforma turística Tripadvisor a los visitantes de la ciudad. No es el mundo al revés, es una realidad: No van contra el turismo, ayudan al turismo.

Musashino Clean Center — Tokio (Japón)

Tokio llevó todavía más lejos la idea de acercar estas infraestructuras a la ciudadanía.

En la planta de valorización energética ubicada en el Musashino Clean Center se creó el “Gomi Pit Café”, «gomi» (basura) y del inglés «pit» (fosa) en japones: un espacio efímero desde el que los visitantes pueden observar, a través de un gran cristal, el funcionamiento de la planta mientras toma un café o un aperitivo.

El objetivo era claro: generar conciencia sobre la cantidad de residuos que produce la sociedad y normalizar la relación entre ciudad y gestión de residuos.

Un cambio necesario

Dinamarca, Austria o Japón no son precisamente países despreocupados por el medio ambiente. Al contrario: son referentes mundiales en sostenibilidad, riqueza y calidad de vida para sus ciudadanos.

Y, sin embargo, han conseguido integrar estas instalaciones en sus ciudades con naturalidad, convirtiéndolas en espacios visitables, educativos y, en algunos casos, incluso emblemáticos.

España necesita reflexionar sobre ello.

Porque si los proyectos de valorización energética siguen planteándose como hasta el momento y con las mismas formas y con los mismos mensajes, es más que probable que sigan percibiéndose únicamente como instalaciones altamente contaminantes, alejadas de la sociedad y asociadas a intereses industriales y económicos que la sociedad perciba como opacos, será muy difícil desbloquear nuevos proyectos.

Nadie piensa que bastará con diseñar edificios espectaculares, añadir un restaurante o crear visitas guiadas para resolver por sí solo el problema social

Pero sí parece evidente que continuar haciendo exactamente lo mismo tampoco está funcionando.

La pregunta es inevitable:

¿Está dispuesto el sector a cambiar su forma de diseñar , comunicar e integrar con mayor calado los proyectos en la sociedad?

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